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30 oct 2014

Boyhood: Una oda al tiempo

* * * * *  EXCELENTE

Si algo no se le puede atribuir al director norteamericano Richard Linklater es ser funcional a la lógica narrativa de Hollywood. Ya se atrevió a ponernos en pantalla a dos jóvenes veinteañeros (Julie Delpy y Ethan Hawke) filosofando acerca de la vida y el amor en “Antes del Amanecer” (1995), “Antes del Atardecer” (2002) y “Antes de la Medianoche” (2013). Es de notar en esta imperdible trilogía la relevancia que Linklater le otorga a la variable “tiempo”. En tres películas, vemos a los mismos protagonistas cuyas vidas se fueron sedimentando a través de la experiencia recogida a lo largo del tiempo. Sin dudas que el director tiene una extraña relación con aquella variable y “Boyhood” (2014) es una muestra acabada de ese vínculo.
Más que loable es que una película oficie de continente de una experiencia cinematográfica capaz de capturar el tiempo de manera contundente y trascendental en aproximadamente 160 minutos. Porque eso es lo que “Boyhood” implica: una genuina experiencia reveladora, intensa, cautivadora y profundamente sencilla, que está siendo colocada en los máximos altares del séptimo arte mundial por parte del público y de la crítica. Filmar a cuatro actores por doce años (desde 2002 hasta 2013) y durante 39 días es una clara prueba del más sutil y conmovedor cine experimental que Linklater pudo proponer.
El espectador presencia la vida cotidiana de Mason (Ellar Coltrane), desde sus 6 años hasta los 18, quien junto a su hermana (Lorelei Linklater) debe convivir con las atribuladas decisiones de su madre (Patricia Arquette) y la particular vida bohemia e irresponsable de su padre (Ethan Hawke). Pero, ¿qué tiene de trascendental un relato que muestra el crecimiento de un niño y su hermana y el envejecimiento de sus padres? Es que la historia no se reduce a lo meramente biológico sino que trasciende lo singular.
Como en la trilogía de “Antes del ...”, esta cinta no presenta elementos narrativos ni otros recursos que provean de giros inesperados a la trama para que te vuele la cabeza. Es sencillamente una secuencia de situaciones cotidianas y hasta, por momentos, insignificantes, que gozan de una fuerza capaz de influenciar en la vida de los personajes. Es de esta manera que se armoniza la transformación física y emocional de nuestro protagonista (que va de ser un niño a un adolescente) con una historia que retrata a una madre que lucha contra las consecuencias de matrimonios frustrados en la búsqueda del bienestar para sus hijos y de su realización personal, y a un padre ausente e idealista que intenta con grandes dificultades generar un vínculo con sus hijos. Es por ello que la trama navega en las aguas de la dicotomía entre lo sencillo y lo magnifico. Y esto es así porque el director plasma una historia en donde la magnificencia se encuentra en los sencillos momentos que la vida ofrece. Sólo hay que tener una mirada atenta para poder descubrirlos.
Por otra parte, el tiempo conjuga aspectos sociales, políticos y afectivos al desnudar un período que alterna las consecuencias del atentado de las Torres Gemelas, la guerra de Irak, la elección de Barak Obama, el uso de la tecnología con un evento literario como fue la saga de Harry Potter y el impacto de la música de Britney Spears en la cultura norteamericana. En fin, el tiempo termina siendo un factor preponderante.
La naturalidad con la que Linklater impulsa la cinta es de una belleza incomparable. Uno comienza a ver la película y el correr de los minutos hace indetectable el transcurso del tiempo en los actores. Esto me hizo pensar lo siguiente: quién no ha escuchado alguna vez de una madre o de un padre decir respecto de sus hijos, ¿cómo crecen de rápido, no? Quienes lo son, seguramente entenderán la emotividad escondida detrás de esa frase. Los hijos crecen y nadie se detiene a pensar en el paso del tiempo. Quienes no lo son, lo experimentarán gracias a ese efecto que el director recrea en la cinta. Y eso es un mérito que no conoce límites. De lo mejor que he visto en este año.

Crítica realizada por Leonardo Arce.


25 jun 2013

Antes de la medianoche: La idea del amor perfecto vs. la monotonía

* * * *  MUY BUENA


El 2013 marca el fin de una historia romántica de grandes proporciones, que comenzó allá lejos y hace tiempo, cuando la década de 1990 estaba promediando. “Antes de la Medianoche” es el broche perfecto para la historia que el director y guionista Richard Linklater inició con “Antes del amanecer” (1995) y desarrolló en “Antes del atardecer” (2004).
Apreciar este final merece necesariamente unas breves referencias a estas dos películas que la preceden. La primera de ellas presentaba la historia de dos jóvenes: Jesse (Ethan Hawke), estadounidense y aspirante a escritor; y Céline (Julie Delpy), una chica francesa. Ambos se encuentran en un tren que se va desde Budapest a Viena y deciden pasar una noche juntos en la capital austriaca antes de que Jesse regresara a Estados Unidos. El amor nace entre los protagonistas y, antes de que cada uno tome caminos diferentes, deciden reencontrarse en el mismo lugar seis meses después. La segunda parte cuenta el esperado y postergado reencuentro. Nueve años después, en París, Céline acude a una librería en la que Jesse, quien ya es un escritor consagrado, está firmando ejemplares de su última novela. Céline descubre que Jesse ha plasmado en su libro la historia que ellos tuvieron en el pasado. El tiempo ha dejado atrás a los jóvenes que se conocieron en aquel tren, pero el reencuentro despierta el sentimiento que habían construido tiempo atrás.
Ahora, nos reencontramos con ambos personajes, tras un nuevo lapso de nueve años, quienes apostaron a una vida en común de las que nacieron sus pequeñas gemelas, aparte del hijo de Jesse, fruto de una relación anterior a Céline. Podemos volver a verlos disfrutando de unas vacaciones en Grecia. Y nada más. Sí, nada más. Sencilla y maravillosamente, nada más.
El director y guionista de esta película coescribe el guión juntamente con los actores protagonistas de esta trilogía. Basándose en largas, profundas y nutridas conversaciones entre los protagonistas, la trama es una construcción perfecta, de una calidad tan elevada que permite a Ethan Hawke y Julie Delpy lucirse a más no poder en cada escena que comparten, regalándonos duelos actorales de alta gama.
No se asiste a ningún hecho ni sucesión de hechos que permitan explorar un quiebre en la historia. En los dos guiones anteriores, se vislumbraba un vínculo que pretendía nacer, pero que se difuminaba en la incertidumbre del futuro. Aquí, asistimos a ese futuro no ya incierto sino real, que se traduce en una pareja constituida en base a ese amor del pasado que se acentuó con el transcurso del tiempo. Es decir: el idealismo de las dos películas choca con el realismo de esta última. Por ello, la historia está plagada de la cotidianeidad y de la rutina típica que una relación experimenta en la madurez de su vínculo. Los cuestionamientos acerca del futuro, de la ausencia de pasión, de la crianza de los hijos, de cuestiones laborales, del rumbo de la relación, de las vivencias diarias, del sentimiento interno de cada uno de ellos y del propio amor que mantiene unida la pareja, son tópicos que se van formulando y desarrollando a través de diálogos que captan la idea comúnmente conocida como “discusiones de pareja”.
¿Cómo mantener vivo el amor a través del tiempo? ¿Cómo evitar que las heridas en una relación se abran? Y en caso de que eso haya sucedido, ¿cómo repararlas? El gran mérito de esta trilogía es haber mostrado a Jesse y Céline en tres momentos particulares de sus vidas, en tres lugares y tiempos diferentes. Asistimos a un final en donde los personajes ponen bajo la lupa la idea del “amor eterno, de una vida color rosa y de pajaritos cantando sobre sus cabezas el día entero” y reflexionan sobre ella, demostrando que el amor es un sentimiento que pasa por diversos tamices que el tiempo pretende desgastar. No sé si “Antes de la Medianoche” es una comedia romántica por naturaleza. Creo que supera en muchos aspectos ese género. Prefiero considerarla una experiencia cinematográfica distinta que se sostiene a través de una historia que da placer ver.

Crítica realizada por Leonardo Arce



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